RÉQUIEM
TEATRO
La primera propuesta de Romeo Castellucci en el Liceu no dejó a nadie indiferente
Un momento de la representación de Réquiem. Foto: ©David Ruano.
La primera propuesta de Romeo Castellucci en el Liceu no dejó a nadie indiferente, y yo no fui la excepción. Al acudir a ver el Réquiem de Mozart, no esperaba encontrarme con lo que vi. De hecho, aún no estoy seguro de haberlo comprendido del todo ni de haber definido una opinión clara. Por eso, en lugar de emitir un juicio definitivo, prefiero intentar explicarlo a través de las impresiones de quienes, a la salida del Liceu, compartieron generosamente sus opiniones conmigo. Aviso: hay posturas de todo tipo, y creo que eso es lo mejor que le puede suceder a una obra, que genere debate.
Para contextualizar, conviene recordar que el Réquiem de Mozart es su última composición, envuelta en misterio y tragedia. Mientras lo escribía, gravemente enfermo, creía que estaba componiendo su propia misa fúnebre. Falleció el 5 de diciembre de 1791, dejando la obra inconclusa, y fue su alumno Franz Xaver Süssmayr quien la completó. Así, el Réquiem quedó marcado como el testamento musical de un genio que, en sus últimos días, escribía sobre la muerte mientras la sentía acercarse.
Romeo Castellucci toma este Réquiem y lo transforma en algo radicalmente distinto. Su propuesta es un trabajo multidisciplinar que fusiona música, teatro y artes visuales para reinterpretar el concepto de la muerte y la trascendencia. Se aleja de la tradición litúrgica para construir una experiencia sensorial que descompone la solemnidad de la misa fúnebre en imágenes impactantes y simbólicas. Una espectadora lo resumió con precisión: “Es una reimaginación y reinterpretación plástica del Réquiem”, y creo que es la mejor manera de describirlo.
La puesta en escena es impactante, llena de imágenes poderosas: árboles que emergen del suelo con tierra incluida, paredes cubriéndose de pintura lanzada con mangueras, como un graffiti sofisticado, hasta revelar un coche accidentado. Todo se convierte en un gran espectáculo visual que, al menos a mí, me fascinó. Sin embargo, surge la cuestión inevitable: ¿es esto el Réquiem que los asistentes del Liceu esperaban ver?
Un momento de la representación de Réquiem. Foto: ©David Ruano.
Una señora me comentó con educación: “No he visto mi Réquiem, el de Mozart, sino otro. No tiene nada de malo, pero no era lo que esperaba”. Su acompañante, más joven, replicó: “Pero el Réquiem es otro hoy en día. ¿Cuál es el Réquiem? ¿El Réquiem de la vida, el Réquiem del planeta?”. La mujer mayor contraargumentó: “Pero la música es de Mozart, ¿no?”, a lo que la otra respondió: “Sí, pero está adaptado a las circunstancias actuales. Yo lo he encontrado maravilloso. La parte plástica es impresionante”. La señora concluyó con una duda: “Yo he venido para ver un Réquiem y he visto otro. No sé, tengo que pensar si me ha gustado o no. Una cosa me ha distraído de la otra; el baile me ha distraído de la música”. Su acompañante joven me miró y preguntó: “¿Y a ti qué te ha parecido?”. Le respondí con sinceridad: hacía tiempo que no iba al Liceu y esta propuesta me había sorprendido e inspirado. Ella sonrió y añadió: “A mí también. Me entran ganas de venir más al Liceu si veo cosas así”.
“No he visto mi Réquiem, el de Mozart, sino otro. No tiene nada de malo, pero no era lo que esperaba”
Otras opiniones que escuché reflejaban la sorpresa y la aceptación: “Me ha gustado mucho, no era lo que esperaba, pero creo que es bueno que me haya gustado”. El coro canta mientras baila, se desnuda o juega con una calavera. Castellucci lleva la teatralidad al extremo, creando una experiencia donde música e imagen conviven, aunque no siempre en armonía. Su puesta en escena recurre a la fragmentación narrativa y a una estética que juega con la destrucción y la reconstrucción de símbolos clásicos: la resurrección de un cuerpo en medio de un paisaje devastado, la progresiva transformación del escenario en un espacio caótico. Más que ilustrar la partitura, Castellucci la enfrenta con la realidad contemporánea, generando un diálogo entre la obra de Mozart y el presente.
“Está adaptado a las circunstancias actuales. Yo lo he encontrado maravilloso. La parte plástica es impresionante”
Este Réquiem de Mozart, transformado por Castellucci, nos impulsa a replantearnos la obra desde una perspectiva renovada. Nos invita a explorar conceptos como la muerte, la trascendencia y nuestra relación con el arte, en un ejercicio que desafía las formas tradicionales de entender la música y la representación. La grandeza de esta propuesta no radica únicamente en su reimaginación, sino en su capacidad de reinterpretar la obra de manera que no se limita a satisfacer expectativas, sino que las pone en duda, generando una tensión constante. El Réquiem de Mozart puede seguir siendo el mismo, pero a través de los ojos de Castellucci se convierte en algo nuevo, algo que nos invita a reflexionar no solo sobre la muerte, sino también sobre nuestro propio ser y el tiempo en el que vivimos.
Un momento de la representación de Réquiem. Foto: ©David Ruano.
El final es apoteósico. Silencio absoluto. Ese momento de absoluta quietud se convierte en el espacio perfecto para la reflexión. Es en ese vacío donde encontramos el verdadero sentido de la pieza, en el contraste entre lo conocido y lo que nos reta a descubrir. Y eso es lo que hace Castellucci: adaptar el Réquiem al Réquiem. Punto. Qué maravilla que una obra pueda generar tantas opiniones y visiones tan distintas entre sus asistentes. Al menos, se agradece una propuesta transgresora, original y disruptiva. Tal vez deberíamos ver todos la propuesta de Castellucci y sentarnos a debatir qué nos ha parecido, y hablar sobre el verdadero motivo del Réquiem: la muerte, la desaparición. Porque, al fin y al cabo, eso es exactamente lo que estamos haciendo.
Tal vez, al final, todos estamos viviendo nuestro propio Réquiem.
Especial consideración y agradecimiento a Mar, la persona que me ha ayudado a comprender mejor estas obras. Moltes gràcies, Mar!